06 04 2008
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19 09 2008
Reproduzco aquí un texto de una encajera holandesa de Leiden del siglo XVIII ante la sorpresa y admiración que me causó su lectura. Me recordaba el mejor Alejo Carpentier, la descripción de las telas, la delectación sensual en el roce percibido de los dedos, esa especie de complicidad que recorre y rasga el texto entre los dos amantes, la tensión en el mundo compartido, todo ello creador de una sensualidad digna de los compositores franceses del mismo siglo como Monsieur de Sainte-Colombe o el propio Marin Marais; en fin, desde mi punto de vista una auténtica maravilla.
La tela
Tú enhebras la aguja. Yo te sostengo el hilo. Con mejor intención que habilidad intentamos recomponer el rasgado de la tela. Una tela magnífica que yo creía de otomán, de damasco, o de una seda tornasolada y crepitante. A veces me parecía, en cambio que era una seda rústica todavía olorosa, un delicado jaipur, un brocado con relieves suaves y densos que nos gustaba recorrer con los dedos; quizás una cachemira hecha de la dulce lana de aquellas cabras, un shantung irregular de China o una brillante seda mikado; un cobertor amable con los colores vivos del algodón de Madrás, traido de La India por los británicos. Telas que evocaban sitios lejanos en los que nunca había estado.
Según la miraba, cambiaba: a un elegante tafetán o a un hermoso corduroy; nunca a seda-banana, a gasa, tul o muselina. Era diferente. Era cálida y protectora. Cubriente. Sin embargo, en otras ocasiones, al entrecerrar los ojos veía simplemente un trapo tenebroso, una mortaja, una simple pana verdinegra y apagada.
Inseguros nos intercambiamos la aguja, intentando reparar el brusco rasgón en la tela que tanto daño nos hace ver. Somos un hombre y una mujer con poca experiencia en esta labor haciendo lo que buenamente podemos para arreglar el descosido, el roto. Nos observamos por el rabillo del ojo mientras trabajamos.
Ten cuidado al pasarme la aguja, no me dañes. Yo intentaré no clavártela a ti. No quiero que ni una gota de sangre manche este tapiz ya tan rasgado.
(Anónimo, Memorias de una encajera de Leiden, s. XVIII)


” [...] working
this passage of the labyrinth
as laboratory
I´d have entered, searched before
but that ball of thread that clew
offering an exit choice was no gift at all
[...] how
you would move
on the horizon You, the person, you
the particle fierce and furthering”
(TELEPHONE RINGING IN THE LABYRINTH)