Santiago Mercado
En la hora incierta antes de la mañana
Cerca del final de la noche interminable
En el fin recurrente de lo sin fin
Después de que el oscuro palomo de lengua llameante
Hubo pasado bajo el horizonte de su mensajera
Mientras las hojas muertas tintineaban aún como estaño
Sobre el asfalto donde ningún otro sonido había
Entre los tres distritos de donde subía el humo
Encontré a alguien que andaba, haraganeando y apresurado
Como empujado hacia mí lo mismo que las hojas metálicas
Que no ofrecen resistencia al viento urbano de la aurora.
Y así que escruté aquel rostro cabizbajo
Con esa aguda ojeada con la que desafiamos
Al extraño recién conocido en la penumbra vespertina
Capté la súbita mirada de algún maestro muerto
A quien yo hubiese conocido, olvidado, recordado a medias
Como a uno y muchos a la vez; en los bronceados rasgos
Los ojos de un espectro familiar y complejo
a la vez íntimo e inidentificable
asumí pues un doble papel y exclamé
Y oí la exclamación de otra voz: “¡Cómo!, ¡estás tú aquí?”
Aunque no estábamos. Yo era todavía el mismo,
Y sin embargo me reconocía como algún otro—
Y a él como un rostro en formación aún; no obstante las palabras bastaron
Para obligar al reconocimiento al que habían precedido.
Y así, obedientes al viento común,
Demasiado extraños el uno al otro para dejar de entendernos,
concordes, en esta hora de intersección,
En encontrarnos en ninguna parte, ni antes ni después,
Anduvimos en ronda muerta por el pavimento,
Yo dije: “La extrañeza que experimento es sencilla,
Aunque la sencillez es causa de extrañeza. Habla, por tanto:
Puede que yo entienda, puede que no recuerde.”
Y él: “No tengo el menor deseo de repetir
la idea y teorías mías que has olvidado.
Estas cosas llenaron su propósito: déjalas estar.
Haz lo propio con las tuyas, y ruega porque las perdonen
Otros, igual que yo te ruego a ti que perdones
A los malos como a los buenos. El fruto de la pasada estación ya ha sido comido
Y la bestia ahíta ha de cocear el cubo vacío.
Pues las palabras del pasado año pertenecen al lenguaje del pasado año
Y las palabras del próximo año esperan otra voz.
Pero, así como el paso no presenta ahora obstáculo
Al espíritu inaplicado y peregrino
Entre dos mundos que han llegado a parecerse mucho,
Así yo encuentro palabras que no pensé decir nunca
En calles que jamás pensé que visitara de nuevo
Cuando abandoné mi cuerpo en una orilla remota.
Puesto que lo que nos concernía era el lenguaje y el lenguaje nos impulsaba
A purificar el dialecto de la tribu
Y a apremiar la pre-visión y post-visión de la mente,
Déjame descubrir los dones reservados a la vejez
Para poner una corona sobre el esfuerzo de tu vida entera.
Primero, la helada fricción del sentido que expira
Sin encanto, no ofreciendo promesa
Sino una insipidez amarga de fruto umbrío
Así que alma y cuerpo empiezan a separarse.
Segundo, la consciente impotencia de la rabia
Ante la locura humana, y la laceración
De la risa ante lo que deja de divertirnos.
Y por último, la pena desgarradora de recrear
Todo cuanto habéis hecho, y sido; la vergüenza
De motivos tarde revelados, y el tener conciencia
De cosas mal hechas y hechas en perjuicio ajeno
Que antaño tomasteis por virtuoso ejercicio.
Pues la aprobación de los necios incita, y el honor se mancilla.
De error en error el espíritu exasperado
Prosigue, de no ser restaurado por ese fuego purificador
Donde debéis moveros con medida, como un bailarín.”
Amanecía. En la calle desfigurada
Me dejó, con una especie de despedida,
Esfumándose al sonido de la trompeta.
Thomas Stearns Eliot
Traducción de Vicente Gaos

