De manera más sútil e infinitamente más digna, cada uno sabe algo del no-saber que le incumbe y que le prohibe, con un rigor extremo, pretender apropiarse algo de un objeto denominado “muerte”, puesto que un objeto tal queda sin consistencia (en realidad, éste es el que es fantástico), en cambio el sujeto que muere y aquel que, al saludarle, le interpela allí donde ninguna interpelación alcanza se saludan sin salvarse. Comparten la anástasis cuya elevación o rectitud corta en perpendicular el insuperable yacer del cuerpo en el polvo. No hay ninguna supervivencia, ninguna resurgencia, ninguna reviviscencia. Sino “resurreción” en el sentido de restitución del saludo, del adiós: la partida es su propio anuncio, no revela nada, no conduce a ningún secreto, no opera ninguna taumaturgia ni ninguna transfiguración. En un sentido, no hay nada que decir de este decir último, de esta oración, la única en donde brilla el saludo mientras se pronuncian algunas palabras en un sollozo, el tiempo que dura un destello negro. La oratio es el discurso o la plegaria, es el discurso en tanto que plegaria. La plegaria no es ni petición ni tráfico de influencias, es súplica tanto como encomio. Es encomio suplicante: a la vez, cada vez, celebra y deplora, pide una remisión y declara lo irremediable. La plegaria es en lo que se transforma el discurso, cuando el mundo acabado no permite ya encadenar ninguna significación. En ese momento, cada vez, la plegaria sin expectativa y sin efecto forma la anástasis del discurso, el saludo que se eleva y se dirige al punto exacto donde no queda nada por decir.
Es insoportable. ¿Cómo no inclinarse ante el hecho de que los seres vivos no dejan de soportarlo y de saludarlo y hacen de ello incluso, en última instancia, su razón de vivir, el único factum rationis absolutamente irrecusable y lo impensable sin lo cual nadie moriría, es decir, nadie viviría?
Finalmente, ¿quién viviría por tanto sin practicar, aunque fuera sin saberlo, lo que señalo aquí con una cita y fuera de contexto: “un himno, un encomio, una plegaria” vuelta hacia lo otro de la vida presente en la vida misma, “una imploración de resurgimiento, de resurreción” tal que ella misma, la imploración, es la resurreción?
¿Quién por tanto, y por lo demás, evocaba una música (si no la música misma) gracias a la cual “el mí mismo, muerto pero elevado por esa música, por la venida única de esa música, aquí y ahora, en un mismo movimiento, el mí mismo moriría diciendo sí a la muerte y al mismo tiempo resucitaría, diciéndose: renazco pero no sin morir, renazco póstumamente, el mismo éxtasis que reune en aquél muerte sin retorno y resurreción, muerte y nacimiento, saludo desesperado del adiós sin retorno y sin redención, pero saludo a la vida del otro ser vivo en el signo secreto y el silencio exuberante de una vida superabundante? ¿Y qué es una vida superabundante sino la vida sin más —sí, en su brevedad misma— en cuanto que excede todo lo que podemos reconocer y saludar, en cuanto que se excede y que muere, confiándose así y confiándonos a la superabundancia y a la exuberancia?
La exuberancia no es más que la exactitud de la vida cuando la existencia vuelve a ella. [...] digamos simplemente que, precindiendo de Dios y de la redención, no carecemos jamás, muertos o vivos, de una lengua para saludarnos el uno al otro, los unos a los otros, eternamente, inmortalmente. Un saludo así, sin salvarnos, al menos nos afecta y, afectándonos, suscita esa turbación extraña de atravesar la vida para nada: aunque no exactamente como pura pérdida.
Jean-Luc Nancy
